martes, 11 de julio de 2017

Yo no pienso así.


«Sigo pensado que puedo mirar atrás y regresar a mi preciado hogar, donde me esperaría un enorme abrazo de parte de mi familia, mis amigos me contarían sus más recientes aventuras y ella me recibiría con su encantadora sonrisa, pero sé que nada de esto volverá a pasar…»

Capítulo 1.

El repiqueteo de la lluvia había amortiguado el fastidioso sonido proveniente de la casa de al lado. Llevaba horas sacándolo de quicio haciendo el mismo tintineo una y otra vez, sin detenerse ni un momento. Creyó que al cerrar las ventanas reduciría el molesto sonido, sin embargo, como obra del demonio, esté se incrementó al igual que el calor. Estaba harto. Del calor. Del sonido. De sí mismo.
Se levantó, dispuesto a callar ese espantoso sonido de una vez por todas. Fue entonces cuando comenzó a llover y sus preocupaciones desaparecieron… Al menos algunas de ellas. La lluvia había aliviado ciertas tensiones, pero revivido otras. Era como si la lluvia le indicará que no tenía derecho a ser feliz. Como si se hubiera decidido a recordarle aquel pasado que deseaba enterrar en lo más profundo de su corazón. En un lugar donde no fuera capaz de hallarlo de nuevo y dejarlo completamente en el olvido. Fue lo que se propuso y lo que pensaba realizar.
Respiro profundo y se dijo a sí mismo que olvidara. Que no recordara. Que siguiera adelante. Por eso se encontraba ahí. En ese lugar, lejos de su familia, amigos y de sus dolorosos recuerdos. En un lugar donde fuera capaz de realizar nuevos recuerdos y dejar atrás a los antiguos. Sus pensamientos se vieron interrumpidos. Su celular estaba sonando por vigésima vez y por vigésima vez no respondió. Lo dejó al lado de su cama y se recostó en ella.
Tenía que hacer algo. Conseguir un trabajo era lo primordial. El dinero que llevaba sólo le alcanzaría hasta el fin de mes y después de eso no sería capaz de pagar el alquiler del humilde departamento en que se había hospedado, ni mucho menos atenderse en sus necesidades. Pero conseguir trabajo no era sencillo. Su edad y su experiencia lo limitaban drásticamente, sin mencionar que muchos trabajos le solicitaban, por lo menos, la preparatoria.
Y ese era otro de sus problemas. Él no deseaba estudiar pero era algo que tenía que hacer. Se lo había prometido a sus padres y a ella, y por ella se tomaría la molestia de estudiar. Ya había hecho los trámites para ingresar en un colegio local. Desde entonces habían transcurrido dos semanas y su ingreso sería mañana.
El celular volvió a perturbar sus pensamientos. Lo tomó y esta vez respondió.
—Richard, gracias a Dios que respondes. ¿Te encuentras bien? ¿Dónde estás, cariño? Tu padre y yo estamos muy preocupados por ti. Dinos donde te encuentras e iremos a buscarte, hijo yo…
—Mamá —la interrumpió— Por favor, detente. No necesito de su ayuda. Estoy bien.
—Richard, necesitas volver. Te ayudaremos…
—¿Ayudarme? ¿Con qué? Me encuentro bien. Solo necesito estar sólo.
—Hijo. Mi cielo, no te atormentes. Regresa. Todos te esperamos, incluso…
—¡Detente! —exclamó— Mamá…no pienso regresar. El irme fue una decisión que no pienso revocar. Es lo mejor que puedo hacer. Discúlpame.
—Espera…
Colgó. No tenía sentido continuar con aquella conversación. Él permanecería ahí, lejos del este y apartado de todos.
Apagó el celular y lo dejó fuera de su alcance. Vio que la lluvia amainaba y que el sol llevaba horas oculto. Las estrellas resplandecían en el cielo despejado. Las contempló por unos instantes, hasta que decidió ir a dormir.
Se despertó temprano. Sintió que no había dormido nada, pero el reloj indicaba exactamente las 6:00 de la mañana. Había dormido 8 horas, las cuales no habían sido lo suficiente. Además estaban los sueños, o mejor dicho pesadillas. De alguna forma su cuerpo se había programado para revivirle una y otra vez su desgracia en cualquier momento, ya fuera despierto o dormido siempre veía la sombra de su error reflejada en todas partes y, aunque provoque dolor, cada uno de esos sueños y alucinaciones ahora eran una costumbre en su vida.
Se levantó. Se duchó rápido y se puso lo primero que encontró. En tan sólo unos instantes ya estaba listo para salir y encarar de nuevo al mundo. Tomó las llaves de su apartamento y se detuvo un breve momento ante el espejo. Se contempló. Un rostro tan común, ni apuesto ni feo, un rostro que pasa desapercibido frente a la mayoría de las personas. ¿A quién le interesaría una persona como él? Por supuesto que a nadie. La gente le decía que era muy listo, gentil y valiente, pero él era patético en su interior, al menos, eso es lo que él mismo pensaba de sí.
Apartó la vista y salió del cuarto.

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